sábado, 9 de octubre de 2010

ETIQUETA EN EL CINE

Había jurado por todos los santos no volver más nunca al cine en este país. Aquí la gente no tiene el más mínimo concepto de lo que son los modales al momento de ir a ver una película. Empezando por el hecho de que a nadie se le ocurre poner el celular en vibración y como si esto fuera poco, ponerles unas clases de timbre que los hacen sonar a todo volumen. Para coronar, cuando contestan no se limitan a decir que están en el cine y que llamen más tarde, noooo!!,  se ponen a conversar como si estuvieran en el patio de su casa.

Una de mis anécdotas más memorables en el cine fue la que sucedió un día en que, después de mucho convencimiento por parte de mi amiga, esta logró que yo la acompañara a ver una película.
Compramos las palomitas de maíz y nos sentamos cómodamente a ver los avances de las próximas atracciones. Una vez que la sala estuvo a oscuras se sentaron, justo detrás de nosotras, dos chicas con un chismorreo y una risita que ya traían desde la puerta.
Yo  le clavé los ojos a mi amiga con un “Jum, te lo dije, ya yo ví”, pero ella trató de tranquilizarme: “No ombe, tu verás, ellas se callan desde que empiece la película”.
Demás está decir que las dos mujeres nunca se callaron. Nosotras lanzábamos miraditas esporádicas hacia atrás apelando, sin éxito, al sentido común de las distinguidas. Un rato mas tarde, la “banda sonora” que teníamos detrás se había vuelto insoportable. Ya estábamos enteradas de la hora exacta en que una de ellas fue al salón, cual shampoo era el que le resecaba el pelo, cuantas veces la llamó fulano pidiéndole perdón “pero que sufra un chin más para que aprenda que a ella no se le hace eso”, y que perenseja bailó encima de la mesa después de tres shots de tequila.

Hasta que en un momento desesperado, mi amiga se volteó y en medio de aquella oscuridad y de la película, procedió a otorgarles a las dos “cotorras” un corto pero muy sustancioso sermón sobre la etiqueta que se debe guardar en el cine, culminando con un “no se puede ser tan ignorante, carajo!”

Santo remedio. Desde atrás no se volvió a escuchar “ni pío”. La película transcurrió en paz hasta su final. Se encendieron las luces, tomé mi cartera y me dispuse a abandonar mi asiento solo para descubrir a mi amiga definitivamente pálida, mirando hacia atrás y con un hilito de voz diciendo: “Ay Cuñis, y eras tu que estabas ahí????”

El esfuerzo que tuve que hacer para no explotar de la risa ahí mismo me puso a sudar. La “Cuñis” en cuestión era la hermana del individuo que hacía poco había comenzado a salir con mi amiga, la misma que hacía un momento había dado tan elocuente sermón y que ahora no encontraba más palabras que: “ay” “bueno” “…esteee”  “ná”  “todo bien”.
“Cuñis”  se limitó a sonreír fríamente y despedirse. Mi amiga, todavía temblorosa, calculaba maneras de cómo “enfriarse” con la cuñis y el tamaño del arreglo de flores que le iba a enviar como disculpa.

Yo le prometí otro ramo a mi amiga, en agradecimiento por haber cumplido su promesa de que ese día me divertiría en el cine.

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